martes, junio 9

Tales of Tala: StoryLine

Cap. 1 pg.1.
Priceless freedom

Cómo odiaba a esa institutriz. Sin duda, era la mujer más horrible que había conocido. Quizás detrás de su madre, pero no podía errar en su juicio cuando decidía que aquella humana chillona y repeinada le recordaba más a un palo tieso que a una maestra. No obstante, tenía que aguantarse. Labelle, que así se llamaba la mujer, la miró ceñuda. Se levantó de su asiento y se dispuso a sermonearla.

-¡Princesa!-se escandalizó Labelle, que golpeó con la regla de madera el pupitre que la niña ocupaba. Esta dio un respingo, y asustada dirigió una mirada llena de miedo a su hermano, que torció el gesto con sorna y apartó la mirada, dejando a la niña sola ante la irritable institutriz.

-Lo siento-se disculpó la niña, mirando burlona a la mujer, claramente sin ningún remordimiento.

-¿Te parece más interesante la plebe que la historia, princesa Katherine?-la yugular de Labelle palpitaba peligrosamente, mientras señalaba con desdén a los niños que se habían arremolinado en el patio del castillo y jugaban con los hijos de los criados a balompié. La princesa se sonrojó intensamente, y cruzó las piernas, temerosa de que debajo del pomposo vestido rosa, al que odiaba casi tanto como a Labelle, pudiera adivinarse que portaba unas mallas que uno de los hijos de los nobles, Virgile, le había prestado para que pudiera correr con comodidad. Labelle se olió el pastel y le levantó el faldón. Horrorizada, divisó bajo el miriñaque metálico la prenda ajada y masculina que llevaba puesta.

-¡Princesa!-repitió, con un tono más alto que antes, dejando sordos a ambos príncipes. Se había puesto como un tomate, y Katherine empezó a sospechar que las venas del cuello le iban a explotar tarde o temprano.

-¡Son de Zéphir!-se excusó con una sonrisa la princesa. Su hermano le dirigió una mirada furibunda. La niña sonrió. Venganza, dulce venganza.

-¡Majestad!-le reprendió Labelle-Deberíais ayudarme, no complicarme la educación de esta… ¡marimacho!

Las mejillas de Katherine adquirieron el color de la sangre, y arrancándose la falda y liberándose del miriñaque, el cual tiró a la cabeza de Labelle, se encaminó a pasos agigantados al jardín, poniendo especial énfasis al cerrar la puerta. Su cabello rubio se había erizado del enfado, que algunos de los soldados aprovecharon para revolverle de modo cariñoso, a lo que ella respondió con un gruñido de ira. Ellos respondieron riéndose, agriando aún más el enfado de Katherine. Esta se encerró en su cuarto y se recogió la larguísima melena dorada en una trenza que escondió en un gorro que había robado del cubo de la ropa sucia de los criados, a la par que escondía su corpiño bajo un chaleco tan sucio como ajado. No quería seguir aburrida y quedándose mustia y destrozada dentro de esos horribles muros. Saltó por el ventanal, que distaba pocos centímetros del suelo, y corrió al patio delantero, entre las sonrisas de los criados que la habían reconocido por el camino. Llegar al hermoso jardín no la alegró ni la mitad de lo que esperaba. Un montón de mocosos se habían arremolinado entorno a la figura esbelta y de cabellos azulados del rey elfo, su padre, Thyrone. El rey sonreía a los niños, que le pasaban el balón para que el hombre participara en su juego, a lo que este gratamente accedió. A Katherine se le partió el alma. Los nobles que acompañaban a su padre reían abiertamente, con respeto y cariño hacia aquél elfo tan cálido y hermoso. Todo lo contrario que cuando ella se lanzaba a sus brazos en presencia de otros. ¿Acaso el rey debía ser cercano con el pueblo y distante con sus hijos?

-Papá, eres un traidor-murmuró, llorosa. Pero ese breve momento de debilidad la enfureció, y secándose los ojos con fuerza, levantó la mirada y se encaminó hasta el grupillo de crios. Thyrone ya se hallaba abandonando el jardín, así que no tenía que temer por ser descubierta, y como consecuencia, castigada. Por suerte, entre los muchachitos, se encontraban Virgile y su hermano Evan, así que no tenía que preocuparse por quedarse sin equipo.


Madre?

-Asheeeeeeeeeeee-berreó el niño, agarrado a las patas traseras de la ceuntauro, señalando asustado a Zell, mientras este esbozaba una macabra mueca a la mar que hacía amago de sacarse el ojo con la cuchara-¡Zell-sama me da miedo!
La centauro se encaramó a Zell, furiosa.
-¡Deja de asustar al principito!-le reprochó, coceando el suelo. El francotirador tuerto sonrió macabramente.
-Deja de actuar como si fueras su madre, Ashe.
-¡Soy la única família que tiene!¡Está solo en este mundo!
Los ojos de Kimura se llenaron de lágrimas, y corrió a refugiarse al cuarto de su padre. Llamó temeroso a la puerta, mientras que su morador le indicó que podía pasar con un quedo gruñido de confirmación. El niñó miró, con sus ojos dispares, entre lágrimas, cómo su padre se levantaba de la silla para mirarlo impasible. Kimura se encogió, temeroso, pero entonces, su padre lo sentó en su regazo.
-Mamá...mamá...
-La echas de menos, ¿verdad?-suspiró Azhian, tristemente, y a la vez, con el semblante impasible. Kimura asintió, asustado por no poder adivinar qué rondaba por la cabeza de su padre. Este le señaló una foto que se hallaba entre los papeles desperdigados por la mesa, y el niño corrió a cogerla, asustadísimo de lo que pasaría si no obedecía. Cuando vio la foto, no pudo evitar sonreir. No conocía a la chica que en ella estaba retratada, pero sí podía ver la sonrisa de felicidad de su padre al ser abrazado por la hermosa muchacha. Tenía los ojos verdes y la cara pecosa. Como su ojo izquierdo y su rostro. Kimura se acercó a Azhian, anhelante.
-Qué bonita es mami. ¿Porqué no está con nosotros, papi?
Azhian meditó unos instantes.
-Papi fue muy malo con ella, peque. Muy muy malo. Y mami tuvo que irse muy lejos.
-¿Pero volverá, no?-suplicó. Azhian miró a los ojos verde y amarillo de su hijo, con una mueca que pretendía ser una sonrisa reconfortante.
-No escapará tan facilmente, te lo aseguro.